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El odio

    Cuando el odio se cuele por las rendijas y tome asiento, es cuestión de tiempo que la paz salte por los aires.  Y desde el horizonte oteando el desastre como un buitre carroñero, aguardará la parca que hace tiempo cambió su oxidada guadaña por un arma de fuego. Mientras tanto, en aquellos estamentos donde antes se tomaba la palabra, siguen gritando como una jauría de necios que no quieren ver, ni tampoco escuchar. Así cuando nos hayamos sacado los ojos unos a otros, cuando no quede nada, la parca bailará sobre nuestros despojos festejando la estupidez de una humanidad desquiciada en busca de poder.       De aquellas cenizas que son nuestras, solo aquellos a los que aún les quedó algo de lucidez volverán a recomponer las piezas de ese maldito desastre. Por algún tiempo, vivirán temerosos de repetir la jugada, pero cuando la opulencia les haga de nuevo olvidar el pasado, de nuevo surgirá alguien tan necio como aquellos  que desentierre de n...

A las nuevas tecnologías

Emulando el famoso poema de Quevedo a la nariz ... Erase un hombre a un móvil pegado, con el cuello encorvado, buscando cobertura en todos lados. Erase un wathsapp intempestivo,  un tuit subversivo, un vine repetitivo. Erase un Facebook cotilla, un selfie de un pincho de tortilla, las mil porteras era. Erase un Tuenti en desuso, un Messenger sin uso, un instagramer vanidoso, un youtuber ocioso y un blogger presuntuoso. Erase un hacker corsario, un troll ordinario, un spammer a diario. Erase en fin una cena sin sentido con los móviles encendidos y un silencio sin suspiros.

¿La princesa y el guisante?

¿Quién dijo que la delicadeza era señal inequívoca de realeza? ¿A quién se le ocurrió la idea del guisante entre colchones para buscar princesa? Te equivocas, no fue  la reina.  La reina estaba hasta el moño de ese hijo crápula y mujeriego que se pasaba los días de fiesta. Decidió que era hora que sentara la cabeza y pensó que lo mejor era casarlo, pero no contaba que para librarse él ingeniaría la prueba. Un mísero guisante entre veinte colchones había de ser suficiente para que incomodase a una verdadera princesa. Y por librarse de aquel hijo vago la reina aceptó la oferta. Pasaron todas las princesas caza maridos por aquella estúpida prueba, más ninguna prosperó. La reina maldijo sus malas cartas, pero como a veces la vida te da una buena mano, la oportunidad le brindó a una joven misteriosa que naufragó en las costas de aquel palacio. Tenía carácter y eso le gustó a la reina. Tras unas cuantas palabras y algún soborno, aceptó el reto. Llegó la hora del ret...

Preguntas

¿Por qué? ¿Para qué? ¿Te importa? No lo sé. ¿De dónde vienes? ¿Te quedas? ¿A dónde te llevo? ¿Por qué te vas? ¿Quién es? ¿Qué hace? ¿Le conoces? No te conviene. ¿Por qué preguntas? ¿Lo sabes? ¿Dónde comemos? Tú eliges. Tú sabrás. ¿Nos vemos? ¿En tu casa? ¿En el bar? ¿Hasta mañana? Ya está. Registrado en Safe Creative  Código de registro:  1509305266405

El traje del rey

A veces la astucia y la picaresca conspiran para darle una lección de humildad a una vanidad  altanera haciéndola añicos como cristal. Y eso fue precisamente lo que le sucedió a un vanidoso rey de un lejano país. Dos pícaros con cátedra en estafas y engaños decidieron hacer el no va más: engañar al rey para sorna de sus súbditos con una trama de suma cum laude, excelente a decir verdad. La descabellada promesa de un traje cuya visión es signo de inteligencia nubló la ofuscada mente de aquel vanidoso rey.  Aquellos dos pícaros hacían uso de dinero y hacienda, el telar tejía en la penumbra telarañas en soledad. El subconsciente que a veces es el más consciente dio el aviso, el rey envió a dos hombres de confianza para despejar esa duda que le corroía y que tanto le costaba admitir. La autoridad hizo acto de presencia en el escenario de aquel viejo telar. Los dos pícaros daban puntadas al aire cosiendo la estupidez de toda la corte, hilvanando también la forma...

Mi conciencia

He vuelto a oírla y a respirar su presencia. Intuía sus ganas de volver. Lo sé porque salió de mi cabeza. Aunque nunca supe qué o quién era. Nunca pude ver su mirada ni su sombra ni su apariencia. Solo su aliento reprochándome mi inmadurez, mi falta de sentido común  y mi negligencia. Pero ahí estaba de nuevo; impasible y soberbia. No sé qué quiere de mí, pero no hace más que dar vueltas, y vueltas, y más vueltas; sobre mi cabeza. Sé que si la acepto se hará mi dueña, me impondrá sus juicios y dictará sus reglas. ¿Y qué soy yo sin ella? Una envoltura vacía carente de sentimientos y un cerebro sin conciencia. Registrado en Safe Creative con código de registro: 1508214927940

Acciones

Coincidir, aprendernos, descubrirnos. Son lo opuesto a ignorarnos, evitarnos y suprimirnos. Declarar, consumarnos, consumirnos. Tan próximos a fundarnos, fundirnos,  y vivirnos. Para nunca oponernos, dividirnos, combatirnos y destruirnos. Texto registrado en Safe Creative  Código de registro:  1507304762522